Acabo de poner al fuego una olla con lentejas, cebolla, ajo y laurel, y, de acuerdo con la receta de Simone Ortega, la tendré cociendo durante dos horas. Me asombra que lo que ahora es un deslavazado conjunto de legumbres, vegetales y agua se transforme en un guiso espeso y sabroso por obra, únicamente, del calor y del tiempo; me sorprende que no haya que recurrir al favor de alguna virgen o al poder de los conjuros. Sin embargo, lo más insólito del asunto es que no haya manera de hacer unas lentejas que nos evite la espera - a que el tiempo ablande los alimentos, a que el calor condense el caldo -, que, de no ser por esas dos horas, el guiso se quedaría en sopa agria.
En realidad, la clave no está en el tiempo de cocción. No es la lentitud lo que me interesa, no creo que sea un valor en sí mismo ni siquiera en un proceso gradual, al igual que tampoco creo que el esfuerzo sea una condición necesaria en todo logro importante. Las proteínas de las verduras van rompiéndose de una en una y el agua se evapora molécula a molécula; poco a poco, rotura a rotura, ocurre la transformación. Si el inicio del proceso es difuso (¿cuándo empieza la cebolla a pocharse? ¿Al ponerla en remojo? ¿Al calentarla?), aún más lo es el final (las lentejas pueden quedarse duras o deshacerse sólo con unos minutos de fuego de diferencia). Al contrario que en un drama, es difícil encontrar el momento crucial en el que se decide el desenlace del asunto, o el problema básico que se está tratando.
La estructura narrativa clásica - planteamiento, nudo y desenlace - proporciona seguridad. Al organizar así los acontecimientos, hilvanándolos causalmente, tenemos la ilusión de haber hallado una explicación histórica. Decimos entender lo que pasó si podemos contarlo según una disposición dramática. Sin embargo, la realidad no sigue el esquema tripartito. Encajarla en él es someterla y forzarla, lo que por un lado significa adueñarnos de ella (comprenderla) y, por otro, engañarnos. "La vida no es como en las películas", y no porque sea más fea, sino porque no hay una línea de guión con la que, repentinamente y de un golpe, todo cambie.
Y estoy hablando de política. Desconozco cuáles han sido las semillas y el abono de la revolución egipcia, por lo que valdrá como triste ejemplo la crisis actual. Creo que no me arriesgo mucho al afirmar que la crisis se viene gestando desde tiempo atrás (no se crea una burbuja inmobiliaria de la noche a la mañana), o que los efectos de las medidas para paliar el crash no serán apreciables hasta dentro de, al menos, año y medio. Y no es ningún escándalo: es... La realidad. En las crónicas sobre las palabras de Obama tras el atentado de Tucson, la palabra catarsis aparece varias veces, como si el país entero se redimiera al condenar unánimemente a Jared Lee Loughner, como si bastara una retórica madura y ambiciosa para limpiar el panorama político de todas las insensateces que se han oído en los últimos años. Esta purificación colectiva procura alivio y vacuna, momentáneamente, contra la proliferación de insensateces aún mayores; insensateces que, por mentirosas, violentan el diálogo democrático . Sin embargo, es peligroso olvidar que la degradación del discurso político forma parte de un contexto histórico, de un proceso que no empezó en Sarah Palin y no termina con Barack Obama. Tal vez, en cien años los analistas indiquen en qué momento el guiso se quedó soso, o el tiempo que le faltó en el fuego para que las lentejas no estuviesen duras. Pero, hoy por hoy, no podemos recurrir a la estructura narrativa explicativa: revertir la crisis económica o el envilecimiento político exige dar pasos en esa dirección. Las cifras de empleo no subirán como por ensalmo y, que yo sepa, no hay hechizos que puedan transmutar a Esperanza Aguirre en Victoria Kent. Decretar un final rápido y simple no servirá de nada.
Así las cosas, el vicio de la impaciencia suele retroalimentarse con la ilusión del drama. El desarrollo paulatino de cualquier cosa, buena o mala, es visto como un trámite a cumplir cuanto antes. Y no tiene por qué ser así: el proceso forma parte del resultado. Cada etapa es causa y fundamento de la conclusión tanto en el complejo devenir histórico como en la peripecia personal, tanto en un descenso a los infiernos como en el logro de un triunfo. Ni siquiera los héroes trágicos son arrojados a su destino sin una cuidadosa construcción de su desgracia, y los peores finales felices son aquellos que parecen caídos del cielo. Un buen final pide una buena historia, y las buenas historias merecen tener lugar.
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sábado, 12 de febrero de 2011
jueves, 30 de diciembre de 2010
Joyitas del año
En la línea de la última entrada, unos amigos y yo decidimos recapitular musicalmente los últimos doce meses y elaborar una lista con las diez mejores canciones de este año. Luego pensé que podría ser una bonita manera de cerrar el año 2010 en el blog y celebrar, al mismo tiempo, nuestro primer aniversario. Sólo hay un problema... Y es que, para mi vergüenza, no he escuchado más que un par de discos publicados en 2010. Ya me conocéis. Hacer un ranking sería obviamente injusto. Así que, sintiéndolo mucho, mi top será retro y sentimental: he aquí 10 (heterogéneas) canciones que he descubierto de enero a esta parte y que, por motivos diversos, evocan este primer año de ContraCubierta.
10. I Want to Be Free - Elvis Presley (1957)
Me topé con ella de pura casualidad a lo largo de junio. Si no me falla la memoria, aparece en la película Jailhouse Rock. Igual que Elvis, quisimos tan libres como el pájaro en el árbol, y la melodía ingenua nos consoló por los torpes exámenes. El verano estaba cerca.
9. Romeo y Julieta - P. I. Tchaikowsky (1880)
Tengo que incluir alguna pieza de música clásica, y es ésta la que vengo escuchando los últimos días. Romanticismo destilado, en estado puro. Para Tchaikowsky, homosexual en la Rusia del s. XIX, el amor no podía terminar bien; afortunados nosotros que podemos sentir sólo la belleza de los violines...
8. Nobody's Fault But Mine - Led Zeppelin (1994)
Otra adquisición reciente. Gracias a que oí la versión de Blind Willie Nelson, considerablemente menos épica, di con ésta grabada en 1994 (si me he documentado mal, corregidme). Bueno, ya lo he dicho. Épica. No sé cómo Led Zeppelin consigue ese grandioso desgarro en tantas canciones y tras tantas escuchas.
7. Sabroso - Compay Segundo
Estando en Alemania me di cuenta de que en el iPod guardaba un CD entero de salsa cubana. Ahíta de barroco y luteranismo, salía a correr por un parque con Compay Segundo y Celia Cruz a todo volumen, y a cada zancada me imaginaba estar bailando en alguna noche española...
6. This Is England - The Clash (1985)
Sonó muchas veces, como preparación espiritual para el viaje a Edimburgo. Porque Escocia no sólo tiene ovejas, castillos, galletas; porque hay algo más que fantasmas dentro de las catedrales góticas; porque fuera de los muros de la Universidad hay un mundo. Frente a Edimburgo está Glasgow; frente a los eruditos, los mineros y desempleados de Thatcher; frente a los armónicos y populares Händel y McCartney, el punk.
5. Tatuaje - Concha Piquer (1941)
De pequeña, odiaba francamente a Concha Piquer. Su voz me parecía chillona, la música, insulsa; las letras, estúpidas. Con los años vino la aceptación. La copla, de tan traída y llevada ideología, me recuerda siempre unos días felices en Valencia: tengo que agradecerle a L. que me haya enseñado lo bonito que es cantar aquello de "era hermoso y rubio como la cerveza" mientras se sopesa la cantidad adecuada de comino que ha de llevar el hummus.
4. Cadillac Solitario - Loquillo y los Trogloditas (1983)
Toda fiesta en mi antiguo Colegio Mayor termina a las 6 de la mañana con esta canción. Aquellos que, para bien o para mal, aún andan despiertos a esas horas, se dejan sus restos de voz haciendo los coros al tiempo que, libres y ligeros como bacantes, se quitan la camiseta. Al final amanecemos todos exhaustos, jubilosos: una fiesta más, y nos creemos tan jóvenes como en la primera.
3. Inspiracion - Calexico (2008)
¿Serán las palabras en español? ¿El ritmo? ¿El título? La primera vez que la escuché, repetí más de ocho veces. Suena al árido Medio Oeste, tan filmado, a hombres y mujeres de coraje. La descubrí a principios de otoño, cuando el curso ha empezado y apenas se adivina cómo se va a desarrollar y uno quisiera que sucediera todo. La inspiración venga, quizá, para que así sea y sea lo mejor posible.
2. Sprawl II (Mountains Beyond Mountains) - The Arcade Fire (2010)
The Arcade Fire vinieron a Madrid el pasado 20 de noviembre. Estuve allí, y según pasan las semanas se intensifica la intuición de que fue uno de los mejores conciertos de mi vida. La voz al borde del sollozo de Win Butler, la voz etérea de Régine Chassagne, su danza: creímos volar más allá de las montañas. Aun hoy, sigo creyéndolo.
1. Time to Pretend - MGMT (2007)
Se diría que es típica, electrónica, frívola. De acuerdo. ¿Y qué? MGMT hace de la frivolidad virtud: somos jóvenes, es tiempo de juego y disimulo, disfrutemos de la vida y vayámonos a París. El fondo de la canción es tan amargo como el poema de Gil de Biedma. Sabemos que la vida va en serio... Pero finjamos que no. Es tan autoconsciente que (me atrevería a decir) superará el paso del tiempo; y si no, tampoco importa. Será tan efímera como nuestra propia juventud.
10. I Want to Be Free - Elvis Presley (1957)
Me topé con ella de pura casualidad a lo largo de junio. Si no me falla la memoria, aparece en la película Jailhouse Rock. Igual que Elvis, quisimos tan libres como el pájaro en el árbol, y la melodía ingenua nos consoló por los torpes exámenes. El verano estaba cerca.
9. Romeo y Julieta - P. I. Tchaikowsky (1880)
Tengo que incluir alguna pieza de música clásica, y es ésta la que vengo escuchando los últimos días. Romanticismo destilado, en estado puro. Para Tchaikowsky, homosexual en la Rusia del s. XIX, el amor no podía terminar bien; afortunados nosotros que podemos sentir sólo la belleza de los violines...
8. Nobody's Fault But Mine - Led Zeppelin (1994)
Otra adquisición reciente. Gracias a que oí la versión de Blind Willie Nelson, considerablemente menos épica, di con ésta grabada en 1994 (si me he documentado mal, corregidme). Bueno, ya lo he dicho. Épica. No sé cómo Led Zeppelin consigue ese grandioso desgarro en tantas canciones y tras tantas escuchas.
7. Sabroso - Compay Segundo
Estando en Alemania me di cuenta de que en el iPod guardaba un CD entero de salsa cubana. Ahíta de barroco y luteranismo, salía a correr por un parque con Compay Segundo y Celia Cruz a todo volumen, y a cada zancada me imaginaba estar bailando en alguna noche española...
6. This Is England - The Clash (1985)
Sonó muchas veces, como preparación espiritual para el viaje a Edimburgo. Porque Escocia no sólo tiene ovejas, castillos, galletas; porque hay algo más que fantasmas dentro de las catedrales góticas; porque fuera de los muros de la Universidad hay un mundo. Frente a Edimburgo está Glasgow; frente a los eruditos, los mineros y desempleados de Thatcher; frente a los armónicos y populares Händel y McCartney, el punk.
5. Tatuaje - Concha Piquer (1941)
De pequeña, odiaba francamente a Concha Piquer. Su voz me parecía chillona, la música, insulsa; las letras, estúpidas. Con los años vino la aceptación. La copla, de tan traída y llevada ideología, me recuerda siempre unos días felices en Valencia: tengo que agradecerle a L. que me haya enseñado lo bonito que es cantar aquello de "era hermoso y rubio como la cerveza" mientras se sopesa la cantidad adecuada de comino que ha de llevar el hummus.
4. Cadillac Solitario - Loquillo y los Trogloditas (1983)
Toda fiesta en mi antiguo Colegio Mayor termina a las 6 de la mañana con esta canción. Aquellos que, para bien o para mal, aún andan despiertos a esas horas, se dejan sus restos de voz haciendo los coros al tiempo que, libres y ligeros como bacantes, se quitan la camiseta. Al final amanecemos todos exhaustos, jubilosos: una fiesta más, y nos creemos tan jóvenes como en la primera.
3. Inspiracion - Calexico (2008)
¿Serán las palabras en español? ¿El ritmo? ¿El título? La primera vez que la escuché, repetí más de ocho veces. Suena al árido Medio Oeste, tan filmado, a hombres y mujeres de coraje. La descubrí a principios de otoño, cuando el curso ha empezado y apenas se adivina cómo se va a desarrollar y uno quisiera que sucediera todo. La inspiración venga, quizá, para que así sea y sea lo mejor posible.
2. Sprawl II (Mountains Beyond Mountains) - The Arcade Fire (2010)
The Arcade Fire vinieron a Madrid el pasado 20 de noviembre. Estuve allí, y según pasan las semanas se intensifica la intuición de que fue uno de los mejores conciertos de mi vida. La voz al borde del sollozo de Win Butler, la voz etérea de Régine Chassagne, su danza: creímos volar más allá de las montañas. Aun hoy, sigo creyéndolo.
1. Time to Pretend - MGMT (2007)
Se diría que es típica, electrónica, frívola. De acuerdo. ¿Y qué? MGMT hace de la frivolidad virtud: somos jóvenes, es tiempo de juego y disimulo, disfrutemos de la vida y vayámonos a París. El fondo de la canción es tan amargo como el poema de Gil de Biedma. Sabemos que la vida va en serio... Pero finjamos que no. Es tan autoconsciente que (me atrevería a decir) superará el paso del tiempo; y si no, tampoco importa. Será tan efímera como nuestra propia juventud.
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sábado, 11 de diciembre de 2010
Agujeros negros
Aunque las grandes multinacionales se empeñan en iniciar sus Navidades el 15 de noviembre, las mías siempre comenzarán el 8 de diciembre. Cuando era yo pequeña aprovechaba el puente de la Constitución para montar el belén, y esta costumbre ha podido más que cualquier calendario publicitario o litúrgico, incluso ahora que no tengo belén y las reuniones familiares son más bien raras. Antes del 8 de diciembre, las Navidades quedan lejos; después, ya están aquí. Guardo este sentimiento como un recuerdo de infancia, supongo. Y ya sabemos que los recuerdos son especialmente considerados en estas fechas.
Sí, parece apropiado hacer memoria en Navidad. Ya sea por las largas tardes en casa al calor de una infusión, un libro o una charla, ya sea porque decimos que aquí acaba un año y aquí empieza otro, se nos invita a recapitular. Acepto encantada: mi obsesión por narrar se nutre más de la memoria que de la imaginación. Mediante la repetición del ritual navideño podemos señalar qué ha cambiado en los últimos meses, en los últimos dos, siete, once años, construyendo con estas diferencias un relato que aspira a coherente. El propio ritual evoluciona. Cada alteración es una muesca en la pistola: puede erigirse en símbolo del cambio particular en cada uno o desencadenar una historia entera.
Neighbourhood #1 (TUNNELS) - Arcade Fire
Como decía, en esta época se agolpan tales signos, pero - sobre todo para un carácter memorioso como el mío - la vida cotidiana está también llena de pequeñas magdalenas de Proust. Pasar por una calle, oír una canción - la música actúa como una verdadera sustancia psicoactiva - o una frase, pueden evocar sucesos y emociones olvidados; a veces, la reminiscencia es tan vívida creemos volver allí, a aquel momento. Sonrío ante el viejo chiste, me río con el amigo que ya no está, me conmueve otra vez su historia, recupero la alegría por la buena noticia o la ilusión de la adolescente enamorada: el mundo perdido se levanta ante mis ojos. Sin embargo, no todos los recuerdos son buenos. También siento de nuevo el sabor agrio de la ira y el amargor de la decepción, remordimientos por los errores cometidos, el dolor ante la ofensa o la más pura tristeza. Me veo, inesperadamente, en un mundo fatalista poblado por fantasmas. Fantasmas que yo creí haber borrado de mi mente y que se obsetinan en retomar conversaciones ya mantenidas. La distancia histórica apenas los hace más débiles, pero sí más incontrolables: de ahí la brutal desazón que provocan tanto el arrepentimiento como el rencor, emociones estériles que surgen contra acontecimientos ya pasados. Contar la historia es justificar la emoción buscando su fuente desaparecida, y por eso resulta un alivio y por eso resulta un alivio efímero. Lo que pasó, pasó, y ya no puede ser de otro modo. De hecho, cada vez menos.
Todo este asunto me causa una grave sensación de impotencia. No se puede esperar vencer a los fantasmas: al menos, no a corto plazo. Tienen el desagradable (y freudiano) hábito de tornarse más insidiosos cuanto más rechazados se sienten. Sin ser mi primera opción, he de considerar la resignación y el perdón a mí misma y a todos los demás. No hay una definición clara de qué es perdonar, y tampoco de su relación con el olvido. ¿Es más fácil perdonar una vez has olvidado? ¿Sería acaso un perdón en el sentido estricto del término? No lo sé, y no es el caso; aun concediendo que toda memoria es selectiva, la afición por el relato me lleva a recordar, y recordar con intensidad incluso lo que preferiría olvidar. Los fantasmas son sombras de aquello que nos callamos a nosotros mismos, pero los fantasmas están ahí y se hacen oír, ¿cómo voy a perdonarlos? Todo lo contrario: discuto con ellos. Los fantasmas pueden arrastrar y obviamente esto implica desatender el presente que, al contrario que los inmutables fantasmas, aún aceptaría mi modesta influencia. Viajamos en el espacio-tiempo de manera radical, aunque no por ello menos imaginaria. El viaje es absolutamente insostenible: o nos dejamos absorber, o retomamos el aquí y el ahora.
STARLIGHT - Muse
Ah, pero no se puede echar a los fantasmas, no se dejan. El pasado también lo hicimos nosotros y los recuerdos conforman nuestra identidad, lo ha dicho ya mucha gente. Quiero creer que existe un punto medio en el que se vive el presente sin renunciar a los recuerdos, la nostalgia, el rencor y el arrepentimiento permanecen difuminadas al fondo. Gocé y sufrí, claro; reconozco que no puedo deshacer aquello por lo que gocé o sufrí. Así me he reconciliado con los fantasmas. Acepto su presencia e ignoro sus voces, en un frágil equilibrio que, ojalá, sea semejante al perdón.
Sí, parece apropiado hacer memoria en Navidad. Ya sea por las largas tardes en casa al calor de una infusión, un libro o una charla, ya sea porque decimos que aquí acaba un año y aquí empieza otro, se nos invita a recapitular. Acepto encantada: mi obsesión por narrar se nutre más de la memoria que de la imaginación. Mediante la repetición del ritual navideño podemos señalar qué ha cambiado en los últimos meses, en los últimos dos, siete, once años, construyendo con estas diferencias un relato que aspira a coherente. El propio ritual evoluciona. Cada alteración es una muesca en la pistola: puede erigirse en símbolo del cambio particular en cada uno o desencadenar una historia entera.
Neighbourhood #1 (TUNNELS) - Arcade Fire
Como decía, en esta época se agolpan tales signos, pero - sobre todo para un carácter memorioso como el mío - la vida cotidiana está también llena de pequeñas magdalenas de Proust. Pasar por una calle, oír una canción - la música actúa como una verdadera sustancia psicoactiva - o una frase, pueden evocar sucesos y emociones olvidados; a veces, la reminiscencia es tan vívida creemos volver allí, a aquel momento. Sonrío ante el viejo chiste, me río con el amigo que ya no está, me conmueve otra vez su historia, recupero la alegría por la buena noticia o la ilusión de la adolescente enamorada: el mundo perdido se levanta ante mis ojos. Sin embargo, no todos los recuerdos son buenos. También siento de nuevo el sabor agrio de la ira y el amargor de la decepción, remordimientos por los errores cometidos, el dolor ante la ofensa o la más pura tristeza. Me veo, inesperadamente, en un mundo fatalista poblado por fantasmas. Fantasmas que yo creí haber borrado de mi mente y que se obsetinan en retomar conversaciones ya mantenidas. La distancia histórica apenas los hace más débiles, pero sí más incontrolables: de ahí la brutal desazón que provocan tanto el arrepentimiento como el rencor, emociones estériles que surgen contra acontecimientos ya pasados. Contar la historia es justificar la emoción buscando su fuente desaparecida, y por eso resulta un alivio y por eso resulta un alivio efímero. Lo que pasó, pasó, y ya no puede ser de otro modo. De hecho, cada vez menos.
Todo este asunto me causa una grave sensación de impotencia. No se puede esperar vencer a los fantasmas: al menos, no a corto plazo. Tienen el desagradable (y freudiano) hábito de tornarse más insidiosos cuanto más rechazados se sienten. Sin ser mi primera opción, he de considerar la resignación y el perdón a mí misma y a todos los demás. No hay una definición clara de qué es perdonar, y tampoco de su relación con el olvido. ¿Es más fácil perdonar una vez has olvidado? ¿Sería acaso un perdón en el sentido estricto del término? No lo sé, y no es el caso; aun concediendo que toda memoria es selectiva, la afición por el relato me lleva a recordar, y recordar con intensidad incluso lo que preferiría olvidar. Los fantasmas son sombras de aquello que nos callamos a nosotros mismos, pero los fantasmas están ahí y se hacen oír, ¿cómo voy a perdonarlos? Todo lo contrario: discuto con ellos. Los fantasmas pueden arrastrar y obviamente esto implica desatender el presente que, al contrario que los inmutables fantasmas, aún aceptaría mi modesta influencia. Viajamos en el espacio-tiempo de manera radical, aunque no por ello menos imaginaria. El viaje es absolutamente insostenible: o nos dejamos absorber, o retomamos el aquí y el ahora.
STARLIGHT - Muse
Ah, pero no se puede echar a los fantasmas, no se dejan. El pasado también lo hicimos nosotros y los recuerdos conforman nuestra identidad, lo ha dicho ya mucha gente. Quiero creer que existe un punto medio en el que se vive el presente sin renunciar a los recuerdos, la nostalgia, el rencor y el arrepentimiento permanecen difuminadas al fondo. Gocé y sufrí, claro; reconozco que no puedo deshacer aquello por lo que gocé o sufrí. Así me he reconciliado con los fantasmas. Acepto su presencia e ignoro sus voces, en un frágil equilibrio que, ojalá, sea semejante al perdón.
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viernes, 6 de agosto de 2010
Peregrinación (y II): la fe
Ya dije una vez que aquellos que nos dedicamos al estudio de idiomas extranjeros tenemos algo de escapistas. Con el vocabulario y la gramática nuevos se adquiere el pasaporte para conocer otro país y no hacerlo del todo como visitante. Se adquiere el derecho a la integración (en muchos casos, también desde el punto de vista legal). Aquellos a quienes la necesidad no obliga a aprender una lengua determinada elegimos fonética, cultura y lugar de destino; a veces, como es mi caso, la razones de la elección son sentimentales y viajar a la tierra de donde procede el idioma se convierte en una paregrinación. Una de las etiquetas de este blog es, simplemente, Alemania.
¿Por qué? La respuesta más corta y simple que se he podido formular es que en la historia alemana se encuentra lo mejor (la filosofía más crítica, de Kant a Habermas, pasando por Nietzsche y Marx; la literatura más desgarrada, de Goethe a Jelinek, pasando por Hesse; la industria más sólida, el Estado social más consciente) y lo peor (el nazismo y Auschwitz, juntos y separados, desde 1919 hasta 1945) de la cultura occidental. Es un país que aún respira el espíritu de Lutero y al mismo tiempo fue cuna del movimiento nudista; la tradición libertaria es tal, que Sally Bowles, en Cabaret, prefiere Berlín a la soñada América. Una cultura en la que el puritanismo abre paso a las vanguardias, artísticas y sociales. Un idioma que, partiendo de lexemas monosilábicos, permite su síntesis infinita en conceptos cada vez más complejos y aun así simples, pues son referidos mediante una sola palabra la cual, a su vez, es infinitamente analizable: un idioma que se desarrolla con el pensamiento de sus hablantes.
Sin embargo, este puñado de razones intelectuales no basta para explicar la fascinación vital, el anhelo de vivir en ese país a pesar de conocerlo, como quien dice, sólo de oídas. ¿Por qué?, le pregunté a M., mi compañera de habitación, brasileña ella, en Dresde. Ella también quiere irse a Alemania, y no por salir de Brasil. M. se encogió de hombros y dijo que nunca conseguía explicarlo, ni siquiera ante sí misma. Estábamos sentadas en un restaurante grande, decorado en tonos amarillos. La disposición de las mesas y unos sofás sabiamente distribuidos aseguraba la tranquilidad de los comensales y evitaba la sensación de abigarramiento; el personal, atento y discreto, nos dio a escoger entre interior o terraza, palabras que, por ceirto, pronuncié mal y que el camarero me corrigió sin perder discreción. ¿Café o cena? Café. En realidad, sólo queríamos tomar un trozo de tarta. Buscábamos una panadería casera, una de tantas, y aparecimos en un local con vistas sobre el Elba y el perfil de la ciudad. Una pareja cenaba con sus hijos (ellos, camisa clara y ellas, tacón); otros bebían vino. El entorno perfecto y exquisito para una pasión profunda: una novela de Thomas Mann. M. y yo, dos estudiantes, nos reímos mucho (en voz baja, para no llamar la atención) porque nos sentíamos bastante fuera de lugar. Procurábamos que la cucharilla no resonara al chocar contra el plato. Pensé que, tal vez, parte de la fascinación por Alemania sea también complejo de inferioridad. ¡Absurdo! El escalofrío que siento yo lo sienten muchos al caminar bajo el sol de La Mancha y acordarse de Cervantes, o al oír una guitarra al doblar las calles encaladas de Andalucía, o frente a la naturaleza intacta, ojalá, del Amazonas. M. o yo tantos motivos para caer rendidas ante Alemania como ante cualquiera de nuestras patrias. Desear Alemania no es la conclusión necesaria de un razonamiento cuidadoso, aunque tampoco parece que la elección sea fruto del azar. La respuesta que apunté al principio es, por supuesto, a posteriori; con todo, es innegable que algo de eso hay. Aun siendo responsable ese mundo cultural de gran parte de mi educación sentimental, me resisto a creer que la firme voluntad de vivir un tiempo allí se ancla únicamente en "lo intelectual", pues, como sabemos, la vida es algo muy distinto. La vida la tenemos, M. y yo, en nuestro país: nuestros amigos, la Universidad, el mundo laboral, incluso la temperatura y la luz. ¿Por qué quiero, al menos durante un tiempo, dejar todo eso y marcharme? ¿Acaso creo que será mejor? En el fondo, supongo que eso es lo que creo, y sin embargo no tengo ninguna razón para ello. ¿Por qué desear cambiar una vida buena por otra desconocida?
Al final, la única manera de averiguarlo es, cómo no, hacerlo. Vivir en Alemania.
¿Por qué? La respuesta más corta y simple que se he podido formular es que en la historia alemana se encuentra lo mejor (la filosofía más crítica, de Kant a Habermas, pasando por Nietzsche y Marx; la literatura más desgarrada, de Goethe a Jelinek, pasando por Hesse; la industria más sólida, el Estado social más consciente) y lo peor (el nazismo y Auschwitz, juntos y separados, desde 1919 hasta 1945) de la cultura occidental. Es un país que aún respira el espíritu de Lutero y al mismo tiempo fue cuna del movimiento nudista; la tradición libertaria es tal, que Sally Bowles, en Cabaret, prefiere Berlín a la soñada América. Una cultura en la que el puritanismo abre paso a las vanguardias, artísticas y sociales. Un idioma que, partiendo de lexemas monosilábicos, permite su síntesis infinita en conceptos cada vez más complejos y aun así simples, pues son referidos mediante una sola palabra la cual, a su vez, es infinitamente analizable: un idioma que se desarrolla con el pensamiento de sus hablantes.
Sin embargo, este puñado de razones intelectuales no basta para explicar la fascinación vital, el anhelo de vivir en ese país a pesar de conocerlo, como quien dice, sólo de oídas. ¿Por qué?, le pregunté a M., mi compañera de habitación, brasileña ella, en Dresde. Ella también quiere irse a Alemania, y no por salir de Brasil. M. se encogió de hombros y dijo que nunca conseguía explicarlo, ni siquiera ante sí misma. Estábamos sentadas en un restaurante grande, decorado en tonos amarillos. La disposición de las mesas y unos sofás sabiamente distribuidos aseguraba la tranquilidad de los comensales y evitaba la sensación de abigarramiento; el personal, atento y discreto, nos dio a escoger entre interior o terraza, palabras que, por ceirto, pronuncié mal y que el camarero me corrigió sin perder discreción. ¿Café o cena? Café. En realidad, sólo queríamos tomar un trozo de tarta. Buscábamos una panadería casera, una de tantas, y aparecimos en un local con vistas sobre el Elba y el perfil de la ciudad. Una pareja cenaba con sus hijos (ellos, camisa clara y ellas, tacón); otros bebían vino. El entorno perfecto y exquisito para una pasión profunda: una novela de Thomas Mann. M. y yo, dos estudiantes, nos reímos mucho (en voz baja, para no llamar la atención) porque nos sentíamos bastante fuera de lugar. Procurábamos que la cucharilla no resonara al chocar contra el plato. Pensé que, tal vez, parte de la fascinación por Alemania sea también complejo de inferioridad. ¡Absurdo! El escalofrío que siento yo lo sienten muchos al caminar bajo el sol de La Mancha y acordarse de Cervantes, o al oír una guitarra al doblar las calles encaladas de Andalucía, o frente a la naturaleza intacta, ojalá, del Amazonas. M. o yo tantos motivos para caer rendidas ante Alemania como ante cualquiera de nuestras patrias. Desear Alemania no es la conclusión necesaria de un razonamiento cuidadoso, aunque tampoco parece que la elección sea fruto del azar. La respuesta que apunté al principio es, por supuesto, a posteriori; con todo, es innegable que algo de eso hay. Aun siendo responsable ese mundo cultural de gran parte de mi educación sentimental, me resisto a creer que la firme voluntad de vivir un tiempo allí se ancla únicamente en "lo intelectual", pues, como sabemos, la vida es algo muy distinto. La vida la tenemos, M. y yo, en nuestro país: nuestros amigos, la Universidad, el mundo laboral, incluso la temperatura y la luz. ¿Por qué quiero, al menos durante un tiempo, dejar todo eso y marcharme? ¿Acaso creo que será mejor? En el fondo, supongo que eso es lo que creo, y sin embargo no tengo ninguna razón para ello. ¿Por qué desear cambiar una vida buena por otra desconocida?
Al final, la única manera de averiguarlo es, cómo no, hacerlo. Vivir en Alemania.
lunes, 17 de mayo de 2010
Días suizos (y II)
Como iba diciendo, viajé a Winterthur (Suiza) con el fin de visitar a E., buena amiga y futura compañera de piso. Llegué a Basilea a mediodía, bajo un cielo con nubes y un viento fresco que hizo que me ciñera bien el abrigo. ¡Centroeuropa, por fin! Mi plan era coger un autobús hasta la estación de tren de Basilea, y allí tomar el primer tren hacia Zürich, donde por fin me reuniría con E. No tuve que esperar mucho tiempo. Ya conocéis a los suizos.
Subí al autobús junto a un grupo de franceses ruidosos y me senté en ventanilla para dejarme abstraer por el paisaje. Atravesábamos un valle verde e industrializado, y no es una contradicción, pues las fábricas eran tan pulcras e impecables como la educación de los nativos y ni siquiera expulsaban humo. Poco a poco fuimos entrando en la ciudad, una ciudad de chalets cerrados en los que parecía no vivir nadie salvo que algún guapo rubio saliera de una de las puertas, montara en su bici y marchara quién sabe con qué destino. Siempre me ha gustado elucubrar sobre vidas ajenas.
Me bajé en Basel Hauptbahnhof. Ésta es, cómo no, amplia y de líneas regulares, estable: una arquitectura regular que acoge el ajetreo de mochileros y ejecutivos. Tampoco tardé en localizar la vía y sector que me correspondían, y me entretuve en observar a los viajeros. Abundaban los jóvenes, jóvenes como yo, acompañados por una simple mochila, de paso en cualquier lugar. Hay algo de místico en viajar solo, y las rutinas que uno adquiere (sostener un libro marcando la página con el dedo, sacar la libreta al tomar asiento, llevar siempre una manzana por si acaso) revisten cierta trascendencia. Aquel día yo guardé el libro en la mochila y agarré la moleskine: preveía que me iba a hacer mucha más falta.
Subí al tren y en pocos minutos nos habíamos adentrado en la campiña suiza. Casitas de tejados picudos, hierba, hierba, los Alpes apenas esbozados, un silencio opaco en el vagón muy distinto a la característica algarabía española. Un silencio que parecía dominar también en el exterior, un silencio histórico que se extendía por el campo y las ciudades y por todo el país. En Suiza se habla con los labios, sin emitir sonidos; incluso las vacas ("¡vacas!", anoté alborozada en la libreta) respetan esta especie de pacto.
Comenzaba a fantasear con los posibles significados del silencio cuando, en Aarau, apareció el anciano. Era un hombre alto, de unos setenta y cinco años, pero con porte aún gallardo. Alto, de caminar firme, vestía una chaqueta de lana a cuadros verdes y negros y una boina azul; tenía aspecto de saber cazar faisanes. Con sus ojos azules de haber visto el año 39 y el 45, inclinándose hacia mí, me preguntó si estaba libre el asiento de enfrente. "Ja", musité, embobada. El anciano se sentó y colocó a su lado una maleta negra, de cartón-piedra y cierres dorados, con el tamaño justo para llevar los documentos necesarios para una transacción, o el dinero obtenido en una operación bancaria, y también el tamaño justo para meter en la maleta una muda, el joyero, las cartas de la familia y marchar deprisa lejos de tu trabajo y tu casa. Era la maleta cualquiera de cualquier Kafka oficinista, o la maleta poderosa del primer banquero; pero era desde luego la maleta de la huida y el exilio de una Europa cruzada por trenes que van y no vuelven. La maleta de la chica judía, del campesino eslavo, del españolito de a pie, del cineasta austriaco, del homosexual berlinés, del disidente ruso: el siglo XX desfiló entero ante mis ojos a través de la maleta.
Y allí estaba yo, con una muda, un collar y la libreta en la mochila, por fin en Centroeuropa, como tantos veinteañeros. (Casi) todos mis amigos han conseguido una beca Erasmus para el curso próximo, la escapada ventajosa en esta Europa reconstruida, por lo que el Viaje es ahora mismo un concepto amplio, sugerente, pleno de connotaciones. Algunos de ellos abandonan su casa por primera vez; otros se van junto a quienes ya les acompañan desde hace años. Hay quien hace planes minuciosos y sueña con la ciudad de destino, hay quien espera a llegar allí para darse cuenta de que se ha ido. Unos escogieron el lugar por idioma, otros por afición, alguno por descarte. Cambiar de aires es la versión afortunada del exilio.
Así que volveré más de una vez a colocarme la mochila y coger un tren, como aquellos días en Winterthur en los que E. me enseñaba Zürich y la vida en la residencia Maximus, o como cuando, en Lyon, J.C. me llevó a los traboules y me subió pain au chocolat para desayunar. Da vértigo dejar Madrid y los amigos, casi tanto como verles marchar, con la incertidumbre de lo que nos queda por encontrar. No es insignificante la distancia: no es lo mismo el café de los martes que un email a la semana o la imagen pixelada del Skype. Aun así, Europa sigue cruzada por trenes y aeropuertos. Las excursiones con E., las (breves o largas) conversaciones nocturnas, las cenas con los extranjeros en Winterthur, las interminables digresiones con J.C. y J.L. en Lyon prueban lo afortunado del exilio: compañeros, el año que viene tendremos un hogar en cada rincón de Europa.
O Freunde...
Subí al autobús junto a un grupo de franceses ruidosos y me senté en ventanilla para dejarme abstraer por el paisaje. Atravesábamos un valle verde e industrializado, y no es una contradicción, pues las fábricas eran tan pulcras e impecables como la educación de los nativos y ni siquiera expulsaban humo. Poco a poco fuimos entrando en la ciudad, una ciudad de chalets cerrados en los que parecía no vivir nadie salvo que algún guapo rubio saliera de una de las puertas, montara en su bici y marchara quién sabe con qué destino. Siempre me ha gustado elucubrar sobre vidas ajenas.
Me bajé en Basel Hauptbahnhof. Ésta es, cómo no, amplia y de líneas regulares, estable: una arquitectura regular que acoge el ajetreo de mochileros y ejecutivos. Tampoco tardé en localizar la vía y sector que me correspondían, y me entretuve en observar a los viajeros. Abundaban los jóvenes, jóvenes como yo, acompañados por una simple mochila, de paso en cualquier lugar. Hay algo de místico en viajar solo, y las rutinas que uno adquiere (sostener un libro marcando la página con el dedo, sacar la libreta al tomar asiento, llevar siempre una manzana por si acaso) revisten cierta trascendencia. Aquel día yo guardé el libro en la mochila y agarré la moleskine: preveía que me iba a hacer mucha más falta.
Subí al tren y en pocos minutos nos habíamos adentrado en la campiña suiza. Casitas de tejados picudos, hierba, hierba, los Alpes apenas esbozados, un silencio opaco en el vagón muy distinto a la característica algarabía española. Un silencio que parecía dominar también en el exterior, un silencio histórico que se extendía por el campo y las ciudades y por todo el país. En Suiza se habla con los labios, sin emitir sonidos; incluso las vacas ("¡vacas!", anoté alborozada en la libreta) respetan esta especie de pacto.
Comenzaba a fantasear con los posibles significados del silencio cuando, en Aarau, apareció el anciano. Era un hombre alto, de unos setenta y cinco años, pero con porte aún gallardo. Alto, de caminar firme, vestía una chaqueta de lana a cuadros verdes y negros y una boina azul; tenía aspecto de saber cazar faisanes. Con sus ojos azules de haber visto el año 39 y el 45, inclinándose hacia mí, me preguntó si estaba libre el asiento de enfrente. "Ja", musité, embobada. El anciano se sentó y colocó a su lado una maleta negra, de cartón-piedra y cierres dorados, con el tamaño justo para llevar los documentos necesarios para una transacción, o el dinero obtenido en una operación bancaria, y también el tamaño justo para meter en la maleta una muda, el joyero, las cartas de la familia y marchar deprisa lejos de tu trabajo y tu casa. Era la maleta cualquiera de cualquier Kafka oficinista, o la maleta poderosa del primer banquero; pero era desde luego la maleta de la huida y el exilio de una Europa cruzada por trenes que van y no vuelven. La maleta de la chica judía, del campesino eslavo, del españolito de a pie, del cineasta austriaco, del homosexual berlinés, del disidente ruso: el siglo XX desfiló entero ante mis ojos a través de la maleta.
Y allí estaba yo, con una muda, un collar y la libreta en la mochila, por fin en Centroeuropa, como tantos veinteañeros. (Casi) todos mis amigos han conseguido una beca Erasmus para el curso próximo, la escapada ventajosa en esta Europa reconstruida, por lo que el Viaje es ahora mismo un concepto amplio, sugerente, pleno de connotaciones. Algunos de ellos abandonan su casa por primera vez; otros se van junto a quienes ya les acompañan desde hace años. Hay quien hace planes minuciosos y sueña con la ciudad de destino, hay quien espera a llegar allí para darse cuenta de que se ha ido. Unos escogieron el lugar por idioma, otros por afición, alguno por descarte. Cambiar de aires es la versión afortunada del exilio.
Así que volveré más de una vez a colocarme la mochila y coger un tren, como aquellos días en Winterthur en los que E. me enseñaba Zürich y la vida en la residencia Maximus, o como cuando, en Lyon, J.C. me llevó a los traboules y me subió pain au chocolat para desayunar. Da vértigo dejar Madrid y los amigos, casi tanto como verles marchar, con la incertidumbre de lo que nos queda por encontrar. No es insignificante la distancia: no es lo mismo el café de los martes que un email a la semana o la imagen pixelada del Skype. Aun así, Europa sigue cruzada por trenes y aeropuertos. Las excursiones con E., las (breves o largas) conversaciones nocturnas, las cenas con los extranjeros en Winterthur, las interminables digresiones con J.C. y J.L. en Lyon prueban lo afortunado del exilio: compañeros, el año que viene tendremos un hogar en cada rincón de Europa.
O Freunde...
sábado, 1 de mayo de 2010
Días suizos (I)
Y digo días porque, a la postre, mi estancia allí resultó durar casi una semana. Volé a Basilea con la presteza adecuada para adelantarme a la nube de ceniza, pero con el suficiente tino como para que ésta impidiera mi regreso y mis padres tuvieran que apañarme un vuelo Zürich-Madrid cuya vuelta, ay, se perdió.
Así que sí, estuve cinco días en Winterthur, perteneciente a uno de los cantones germanófonos. ¿O debería decir germanógrafos? Aunque el lenguaje escrito es sin duda alemán, no se puede decir lo mismo del lenguaje hablado, una variedad rústica de erres hiperruladas y consonantes guturales por la que un estudiante de alemán se siente traicionado. ¿No hablaban alemán en Suiza? No. Según me explicó nuestra mujer en los Alpes, E., la población helvética tiene sentimientos contradictorios hacia esta lengua: por un lado es su idioma materno, el dialecto de sus padres, las palabras con las que aprendieron a jugar y a hacer lo correcto; por otro, es el hermano feo del alemán estándar, incomprensible para el junker prusiano y para el intelectual vienés, siempre con un aire provinciano que mortifica a sus hablantes.
Una lengua nunca se aprende aislada. Una lengua lleva consigo la guerra, el hambre, los días de sol y los días de lluvia, los mitos del pueblo que la ha empleado para realizar su vida. Tal y como comenté con E., los proverbios alemanes hacen referencia a ruedas y motores; el inglés es pródigo en metáforas de pesca y, en fin, la sabiduría popular española se funda en refranes sobre comida y la falta de ella. Un pueblo de pequeños terratenientes y hacedores de relojes cuyo mayor orgullo es la neutralidad o la indiferencia no puede utilizar los mismos vocablos que la desgarrada Alemania del 1919 o la misma Alemania, fanatizada y depredadora, de 1933. La inquietante pax helvetica desmerece del drama centroeuropeo. Del mismo modo, es notable que el mayor escritor al que Zürich rinde homenaje es James Joyce, quien no era suizo ni escribía en alemán (en qué idioma escribía, es discutible); en cuanto al Cabaret Voltaire, a quién le importa esa panda de desharrapados, parecen pensar los educados suizos.
Quizá venga de ahí el sentimiento de inferioridad. Porque una lengua no se aprende aislada, precisamente, al construir una frase en alemán buscamos a Nietzsche, a Rilke, el porqué del siglo XX o la vida nocturna de Berlín. Quizás aquellos que nos dedicamos a las lenguas extranjeras tengamos algo de escapistas, y con el dominio de otro idioma pretendamos también la posibilidad de un mundo alternativo en el que las cosas, al llamarse de otra manera, se revelen distintas o impensadas. Sin embargo, en Suiza lo más revolucionario es el chocolate con guindilla. Como lugar donde aprender alemán, es siempre la tercera y última opción, y los suizos (estables, regulares, equidistantes y exquisitos) lo saben. Por eso, en Suiza, nadie habla alemán.
Así que sí, estuve cinco días en Winterthur, perteneciente a uno de los cantones germanófonos. ¿O debería decir germanógrafos? Aunque el lenguaje escrito es sin duda alemán, no se puede decir lo mismo del lenguaje hablado, una variedad rústica de erres hiperruladas y consonantes guturales por la que un estudiante de alemán se siente traicionado. ¿No hablaban alemán en Suiza? No. Según me explicó nuestra mujer en los Alpes, E., la población helvética tiene sentimientos contradictorios hacia esta lengua: por un lado es su idioma materno, el dialecto de sus padres, las palabras con las que aprendieron a jugar y a hacer lo correcto; por otro, es el hermano feo del alemán estándar, incomprensible para el junker prusiano y para el intelectual vienés, siempre con un aire provinciano que mortifica a sus hablantes.
Una lengua nunca se aprende aislada. Una lengua lleva consigo la guerra, el hambre, los días de sol y los días de lluvia, los mitos del pueblo que la ha empleado para realizar su vida. Tal y como comenté con E., los proverbios alemanes hacen referencia a ruedas y motores; el inglés es pródigo en metáforas de pesca y, en fin, la sabiduría popular española se funda en refranes sobre comida y la falta de ella. Un pueblo de pequeños terratenientes y hacedores de relojes cuyo mayor orgullo es la neutralidad o la indiferencia no puede utilizar los mismos vocablos que la desgarrada Alemania del 1919 o la misma Alemania, fanatizada y depredadora, de 1933. La inquietante pax helvetica desmerece del drama centroeuropeo. Del mismo modo, es notable que el mayor escritor al que Zürich rinde homenaje es James Joyce, quien no era suizo ni escribía en alemán (en qué idioma escribía, es discutible); en cuanto al Cabaret Voltaire, a quién le importa esa panda de desharrapados, parecen pensar los educados suizos.
Quizá venga de ahí el sentimiento de inferioridad. Porque una lengua no se aprende aislada, precisamente, al construir una frase en alemán buscamos a Nietzsche, a Rilke, el porqué del siglo XX o la vida nocturna de Berlín. Quizás aquellos que nos dedicamos a las lenguas extranjeras tengamos algo de escapistas, y con el dominio de otro idioma pretendamos también la posibilidad de un mundo alternativo en el que las cosas, al llamarse de otra manera, se revelen distintas o impensadas. Sin embargo, en Suiza lo más revolucionario es el chocolate con guindilla. Como lugar donde aprender alemán, es siempre la tercera y última opción, y los suizos (estables, regulares, equidistantes y exquisitos) lo saben. Por eso, en Suiza, nadie habla alemán.
domingo, 11 de abril de 2010
Reflexiones metropolitanas al ver a la gente pasar
Por fin hace sol en Madrid. Por fin las sombrillas de las terrazas no sirven para resguardarse de la lluvia. Por fin puedo prescindir de las botas de piel sin que se me congelen los dedos de los pies. Por fin he encontrado las gafas de sol. Por fin se nos ha quitado el mudo gesto de desconcierto ante la tristeza, inexplicable, de las tardes de noviembre. Por fin se vacían las aulas: en el parque del Paraninfo, entre Filosofía y Biología, nos han crecido unos estudiantes provistos de cerveza, amor y cariocas. Por fin las calles de Madrid pueden calmar al más nervioso, ya que (por fin) se ha marchado el viento afilado que siempre se hace eco de nuestras paranoias. Por fin se puede pasear.
Como veis, en Ciudad Universitaria no tenemos ni trabajadores ni parados. Se trata de un barrio residencial sin niños, sin abuelos, de población inigualablemente homogénea cuyos ejemplares son difíciles de distinguir unos de otros. Chiquitas de largos cabellos y finas piernas, mozos bien plantados con un polo blanco (o rosa, los más atrevidos) de marca. Vivimos en un paraíso inventado y reinventado durante dos mil años por nuestros abuelos los griegos y nuestros padres los monjes: un lugar donde los jóvenes aprenden y experimentan, estudiando y entablando amistades estimulantes a nivel intelectual y emocional. Aquí nunca pasa nada, por lo que tenemos la sensación de que pasa todo. Cenar con un poeta o un político es comulgar con la trascendencia hacia la que, a paso lento pero seguro, nos encaminamos. Somos el sueño de la razón.
Y precisamente desde este templo del saber oís vosotros nuestras voces. ¡Las voces de los jóvenes, las voces del futuro! Lo tenemos todo. No hay nada que nos estorbe; elegimos todos y cada uno de nuestros problemas. Miramos a mayo del 68 para repetir sus consignas en las manifestaciones contra Bolonia, nos vanagloriamos de nuestra liberta. Pertenecemos a la generación que ha recibido como don de nacimiento un país roto, pero remendado con cuidado y tesón. Tenemos el derecho de expresarnos, quién lo duda, y así lo hacemos. Vaya que sí. Comprobadlo vosotros mismos.
"No nos cabe en la cabeza que los colegios mayores sean mixtos"
Agresión al rector de la Complutense, Carlos Berzosa
Al menos brilla el sol en Madrid y he conseguido escribir unas líneas. Como hace buen tiempo, saldremos a comer al patio, y alguien dirá algo divertido y algunos, animados por el solecito, jugarán al baloncesto mientras otros nos sacamos un libro. Dentro de unos meses, yo ya no estaré aquí y tendré que cuidar de mí misma, pero cada primavera recordaré que el tiempo está para vivirlo con honestidad y sin remilgos, y creo que eso es precisamente lo que he aprendido aquí, en Ciudad Universitaria.
Como veis, en Ciudad Universitaria no tenemos ni trabajadores ni parados. Se trata de un barrio residencial sin niños, sin abuelos, de población inigualablemente homogénea cuyos ejemplares son difíciles de distinguir unos de otros. Chiquitas de largos cabellos y finas piernas, mozos bien plantados con un polo blanco (o rosa, los más atrevidos) de marca. Vivimos en un paraíso inventado y reinventado durante dos mil años por nuestros abuelos los griegos y nuestros padres los monjes: un lugar donde los jóvenes aprenden y experimentan, estudiando y entablando amistades estimulantes a nivel intelectual y emocional. Aquí nunca pasa nada, por lo que tenemos la sensación de que pasa todo. Cenar con un poeta o un político es comulgar con la trascendencia hacia la que, a paso lento pero seguro, nos encaminamos. Somos el sueño de la razón.
Y precisamente desde este templo del saber oís vosotros nuestras voces. ¡Las voces de los jóvenes, las voces del futuro! Lo tenemos todo. No hay nada que nos estorbe; elegimos todos y cada uno de nuestros problemas. Miramos a mayo del 68 para repetir sus consignas en las manifestaciones contra Bolonia, nos vanagloriamos de nuestra liberta. Pertenecemos a la generación que ha recibido como don de nacimiento un país roto, pero remendado con cuidado y tesón. Tenemos el derecho de expresarnos, quién lo duda, y así lo hacemos. Vaya que sí. Comprobadlo vosotros mismos.
"No nos cabe en la cabeza que los colegios mayores sean mixtos"
Agresión al rector de la Complutense, Carlos Berzosa
Al menos brilla el sol en Madrid y he conseguido escribir unas líneas. Como hace buen tiempo, saldremos a comer al patio, y alguien dirá algo divertido y algunos, animados por el solecito, jugarán al baloncesto mientras otros nos sacamos un libro. Dentro de unos meses, yo ya no estaré aquí y tendré que cuidar de mí misma, pero cada primavera recordaré que el tiempo está para vivirlo con honestidad y sin remilgos, y creo que eso es precisamente lo que he aprendido aquí, en Ciudad Universitaria.
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