( p a p e r b a c k w r i t e r )

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martes, 3 de enero de 2012

Joyitas del año (II): 10+9

Como cada diciembre y enero, aficionados y expertos de todas las disciplinas insisten en hacer una lista de los 10 mejores objetos (películas, canciones, goles, lapsus de políticos) del año transcurrido dentro de cualquier categoría. Suelo resistirme, ya que elaborar un top exige un compromiso que me incomoda. Temo que dentro de quince años, cuando la película hoy de moda resulte ridícula, alguien me recuerde que yo la incluí en una de estas listas, y pretenda que o bien me desdiga o bien defienda lo indefendible. A las listas las carga el diablo, en más de un sentido. Sin embargo, voy a asumir un riesgo mínimo eligiendo mis 10 (o más) canciones del año. De nuevo, canciones de todos los tiempos y géneros; de nuevo un recorrido sentimental. No es una apuesta argumentativa, sino un catálogo de filias de 2011.

10. Ojos verdes (Miguel de Molina, 1937)
Calificarlo de capricho del año sería mentir. Empezó, es cierto, como un detalle kitsch en mi iPod, un recuerdo de España para un julio en Alemania. Luego me propuse (y conseguí) aprenderme la letra de memoria: un detalle kitsch para una fiesta universitaria. "Serrana, pa' un vestío yo te quiero regalar/ me dijiste estás cumplío, no me tiene' que dar ná". He aquí una copla con clase. Tenemos todo el orgulloso desgarro de cualquier diva, que va desde Scarlett O'Hara a Lady Gaga pasando por Miguel de Molina. Trataría de convencer a los escépticos reivindicando cierta interpretación feminista de la letra, pero llevar a cabo la hermenéutica de los versos de no es hacerles justicia. Al igual que en el melodrama, o se aceptan los códigos o no se aceptan. O cantas o no; y yo, canto.



9. Minnie The Moocher (Cab Calloway, 1931)
Boquillas de marfil, tocados de plumas, petaca en el liguero, borsalinos, minúsculas pistolas que provocan desgraciados accidentes. Sí, he visto demasiadas películas de gángsters. La trompeta de la orquesta de Calloway es, dentro de esta imagen, un detalle de autenticidad: lo más tangible de la vaporosa idealización del charlestón. Fue entonces cuando los blancos comenzaron a fijarse en el ritmo infeccioso de la música africana. Mientras los dólares se hinchaban y encogían, mientras el whisky no se compraba pero sí se bebía, el jazz emergía como producto alquímico en antros llenos de humo. Minnie The Moocher es sólo un resto del proceso, y, aunque puede escucharse evocando, románticamente, tiempos difíciles que nunca conoceremos, la música mantiene su frescura intacta: evasión de ayer y de hoy.

8. Periodically Double Or Triple (Yo La Tengo, 2009)
¡Vaya, estamos en el s. XXI! Yo también me sorprendo. La voz aterciopelada de Ira Kaplan (corregidme si me equivoco) se conjuga con un compás marcado, de danza. No es exactamente una canción bailable; diría, que es indescriptible, que es música y no palabras. La música es lo que habla esta vez, y la melodía proporciona el matiz y el ambiente. Son 3 minutos y 58 segundos de baile, o más bien una caricia. El tiempo suficiente para que la canción nos seduzca... ¿El tiempo suficiente para seducir nosotros a la voz de Ira Kaplan? Lo interesante de un baile es el juego de pasos entre dos o más cuerpos, y lo bueno de esta canción es que parece invitarnos a jugar. En fin, no me hagáis caso, y dadle al botón play.

7. Tu nombre me sabe a hierba (Joan Manuel Serrat, 1969)
Fui, lo reconozco, una niña rancia. Concha Piquer me parecía vanidosa; Carlos Cano, vulgar, y Joan Manuel Serrat, un cursi (sólo Sabina me cayó en gracia desde el principio, creo que por una canción muy simpática sobre pisar el acelerador). Doce años después, durante un silencioso verano en La Mancha, entendí todo. Y es que sí, si por emocionante entendemos cursi, Serrat será cursi: un cursi por supervivencia. Hoy lo describiré como honesto. Las letras de Serrat tienen la extraña cualidad de ser bellas y parecer sinceras, de ser perfectas y parecer imperfectas, normales; a veces, de parecer tristes y ser alegres. Creo que para entender a Serrat hace falta saber disfrutar de la vida. Y eso no está al alcance de los niños rancios.

6. The Night Before (The Beatles, 1965)
Cuantas más veces se escuche Help!, mejor es. Milagros de los Fab Four. The Night Before puede ser un rompepistas en una reunión universitaria, pero tiene una madurez que ya quisieran para sí temas más ambiciosos. La letra es sencilla y trata un asunto dolorosamente simple: el chico que nos hizo caso el sábado pasado nos ignora en la fiesta de hoy. No sé quien sería la musa que inspiró la canción, pero no parece haber pasado a la posteridad. Del mismo modo, después de bailar con Paul McCartney, olvidamos al chico de la última fiesta. Encontraremos a alguno con el flequillo más molón o la americana más bonita o un movimiento más elegante. Y si no, pues hemos escuchado a los Beatles, y eso es un quitapenas universal.

5. Obertura a Tristan und Isolde (Richard Wagner, 1865)
Si algo tienen en común las diez piezas del top es su capacidad para hacerme oír lo que yo no consigo verbalizar. Este hiato, que trato de salvar con estas líneas, es especialmente insalvable con Wagner. Y no por casualidad. Nietzsche y Wagner, cada uno en su esquina del ring, diagnosticaron las taras del arte occidental, tan lógico y decadente como demostró la novela decimonónica. Tristan und Isolde fue concebida como el arte total, la reunión de lo apolíneo y lo dionisiaco después del milenario triunfo de Apolo, tan lógico y tan decadente en comparación con el vital y rítmico Dionisos. No es casualidad que el danés Lars von Trier haya escogido, en medio de su visceral depresión, esta música como banda sonora del fin del mundo. Lars von Trier lleva más de veinte años huyendo de la palabra, tratando de purificar el cine, porque él también cree que Occidente lleva enfermo dos milenios y que como no sabemos vivir nos matará Melancolía. Él también quiere el arte total, empezando esta vez por la belleza ígnea de sus imágenes. Quizá por eso haya vuelto a Wagner, y a Nietzsche, y quizá no esté dispuesto a admitir esto cuando el fin de mundo se cierne sobre nosotros. Porque de lo que no se puede hablar, es mejor callar.

4. Don't Bring Me Down (Electric Light Orchestra, 1979)
Ahora sí, señores, salgan, levanten los brazos, meneen la cabeza, agiten las caderas. ¿Belleza? ¿Verdad? ¿Bien? ¿De qué me hablas? Es 1979 y no importa nada, como al terminar una época de exámenes, para entendernos. Somos jóvenes, hay tiempo de sobra. Hablaba de evasión en el #9, y esta canción de la Electric Light Orchestra (que había sabido ser mucho más trascendente) es la evasión hecha oficio. La fiesta como profesión. Es un hit impecable, definitivo, una canción que lleva a la discoteca al abstemio y al resacoso, una canción que puedan bailar la atleta y el colocado. Cada vez que suena, la realidad entra en un paréntesis, como en el número de un musical; nuestro comportamiento cambia y como mínimo tenemos que llevar el ritmo con el pie, si es que es imposible desmelenarse más. Y así funciona la cosa, treinta años después: adiós contexto histórico, adiós explicación musical. Puro hedonismo.

3. Temptation (New Order, 1982)
Tres años más tarde, todo era más intrascendente... Si cabe. Las sustancias psicoactivas fluyeron de boca a boca, de boca a oreja, de mano en mano, y supongo que todos bailaban balanceándose con languidez. Pero ya nadie se creía nada salvo el placer y la tentación. En los setenta, dicen algunos, se quería cambiar el mundo; en cambio, no me imagino a nadie hablando en La Hacienda de Manchester. Cada vez resulta más vacuo hablar y más útil bailar. La cuestión ha pasado a ser oh you've got blue eyes, oh you've got green eyes, oh you've got grey eyes, una mera descripción, puesto que el color de ojos no supone mucha diferencia para que éstos nos tienten. Ah, la tentación, la hipnótica tentación. Si algo nos tienta, nos fascina; nos obsesiona. Desde hace un mes, escucho todos los días New Order, sobria, delante del ordenador: tal es su poder. A veces me pregunto qué oigo en ellos, yo, que nací después del SIDA y Margaret Thatcher. Como no lo he averiguado, se merece un honroso #3.

2. Gorgeous (Kanye West, 2010)
Segundo viaje temporal al presente. Una canción del s. XXI que no se enmarca en ningún revival. Hace honor al título del CD, My Beautiful Dark Twisted Fantasy, cumpliendo con los tres adjetivos. Es bella, oscura y retorcida, y de manera adulta, agradablemente adulta. Los acordes encajan sin alharacas, con naturalidad, como si estas melodías turbias fueran normales. Diría que lo son. My Beautiful Dark Twisted Fantasy maravilla porque descubrimos que su fantasía también es la nuestra. He descubierto que me gusta el hip-hop, o lo que quiera que sea esto compuesto entre porno y cocaína. Descubrirse a uno mismo oscuro y retorcido, o escuchar melodías turbias sin bajar el volumen, son signos de joven adulto responsable. Las letras de West evitan, tercas ellas, el eufemismo; de manera análoga, hay que reconocer la sabiduría y el talento donde lo hay. Dejaos llevar. Esto es hermoso y maldito, esto es música, y el mundo del que habla esta canción existe por mucho que llevemos años sin mirarlo.

1. Try (Just A Little Bit Harder) (Janis Joplin, 1969)
Oro para Janis. No sé por dónde empezar. Siento una debilidad innata por el blues. Joplin añade deseo y resta resignación. Su música resulta un aullido expresivo, a diferencia del carácter ambiental de músicas más antiguas. Es ella, la persona Janis, la que se está rompiendo en cada nota. El misterio es cómo consigue respetar tanto la música cuando su interpretación se debe a ella; imagino que eso es instinto musical, "llevarlo en la sangre", esas cosas que les pasan a algunos. Es un misterio, por otra parte, por qué si la que se desgarra es ella me duele a mí la garganta. Cierro los ojos y asiento. Dice cosas tan fáciles, "inténtalo otra vez", que sólo tienen sentido en su voz... Me desgañito, y así encuentro el sentido otra vez. Just a little bit harder, sólo un poco más. Y es verdad. Ella, en su arrojo, no puede decir más que la verdad, no puede hacer más que cantar. Sabe que aunque esté haciendo el amor a 25 000 personas se volverá sola a casa, y sabe que justo por eso tiene sentido cantar y rasgar brevemente el telón que separa artista de público. Es el artista, ella, la que puede atravesar la brecha y hacer que el clímax musical colectivo sea más verdadero que el silencio, o la orgía más verdadera que la soledad, durante un instante. Aunque sea difícil pensarlo, sólo vale la pena intentar hacerlo. No sé si me explico.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Fuera de campo (y II): Carne Débil

Son las ocho y media de la mañana y el sol cae ya a plomo incluso en Castilla la Vieja. Las mujeres salen de las casas para barrer la puerta mientras algunos hombres empiezan el día con un carajillo en la terraza del bar. Yo, que hago jogging, paso por delante de unas y de otros suscitando exclamaciones de sorpresa (“¿Pero ande vas tan deprisa?”) y ánimo (“¡Pedalea, hermosa, pedalea!”). No me paro, sólo sonrío con un mohín de agradecimiento; sigo mi ruta fuera del pueblo, por los caminos que bordean campos de girasoles, donde señores y señoras en pantalón corto rinden su tributo al colesterol. Y yo, que me debo al vientre plano y muslo firme, les adelanto ante sus miradas de admiración. Al principio mis jadeos perturbaban el caminar seguro de los jubilados, pero ahora que formo parte del paisaje mi juvenil carrera les es tan tranquila como sus paseos.

Un vistazo a la música que llevo en el iPod bastaría para desmentir el carácter plácido del deporte. Durante media hora, mis auriculares atruenan con la pasión de unos Ojos verdes, los aullidos cósmicos de la Joplin o el perreo fino de un son cubano, por citar algunas de las arengas musicales que me estimulan en el ejercicio del cuerpo. Entre todas ellas hay una canción que sin duda destaca, que me hace marchar erguida y acelera mis zancadas como si se tratara de la última carrera de mi vida, hasta tener que parar y, exhausta, recogerme sobre mis rodillas. Sé que no debería enorgullecerme: la canción es Tomorrow Belongs to Me, de la película Cabaret (Bob Fosse, 1972).

Tomorrow Belongs to Me

Evidentemente (sólo hay que mirar esta secuencia) es un himno fascista. Está compuesto para enardecer el espíritu y acallar las conciencias, para levantar la vista al cielo azul entre los tilos y alzar el brazo por todo el oro que el Rin lleva en su seno, para glorificar la rectitud de la nariz aria y la fuerza guerrera de un ejército polimorfo olvidando… ¿Olvidando qué? ¿Qué es lo que oculta una frase tan ortodoxa, desde un punto de vista terapéutico, como que “el mañana me pertenece”?

El estribillo en cuestión incurre en dos errores de bulto. Y es que ni el futuro es un sencillo “mañana” ni es susceptible de sujetarse al derecho de propiedad. Resumir en mañana todo el porvenir implica simplificarlo a cielo o a infierno, reducirlo a tierra de salvación o de condena, o, por decirlo en términos políticos, apostar por el mesianismo. También: abolir el tiempo histórico y entrar en otro eterno; tal es la promesa clásica del monoteísmo y tal era la intención del Reich que iba a durar mil años. Parece de sentido común pensar que esto es improbable. Por si fuera poco, ese mañana es mío, nada menos que mío. Estas palabras, precisamente por falsas, pueden ser consoladoras; si algún ingenuo se lo cree, o se da de bruces contra la realidad o trata de modificarla a su deseo. La mejor manera de hacer efectiva y demostrar la posesión del futuro es, por supuesto, eliminar todo obstáculo presente que se interponga entre yo, nosotros, y el poder.

Por eso se comienza con cosas pequeñas, símbolos del triunfo de la voluntad. La velocidad de los atletas, la potencia del salto de longitud, la gracia del salto de altura, la belleza del nadador como signo de vigor, producto de una disciplina impuesta a todo desfallecimiento humano. Podemos hacerlo y lo hacemos, afirma la cineasta Leni Riefenstahl. Vemos Olympia (Riefenstahl, 1938) y sólo nos quedamos boquiabiertos, fascinados. Ah, es hermoso contemplar cómo el ser humano se sobrepone a sus debilidades naturales: cómo un cuerpo proporcionado se mueve con precisión matemática. Es hermoso contemplar el sometimiento de la naturaleza, igual que son hermosas, ay, las multitudes que hacen el paso de la oca en El triunfo de la voluntad (Riefenstahl, 1935). Absortos, miramos la pantalla: no hay estandarte que se balancee, no hay soldado que se descompase en la concentración nacionalsocialista de Núremberg. Notamos un escalofrío. No puede ser, no es posible, y me refiero tanto a la existencia de esos complicados desfiles coreografiados como a la manera impecable de ejecutarlos. No es posible.

No lo es. Ese derroche de armonía y belleza no es pensable sin una trastienda de horrores y sufrimiento: ya no. Cualquiera sabe que la realidad es impredecible y desordenada y que hay cosas que no se pueden cambiar, y que querer cambiar lo que no se puede cambiar comporta un coste tanto más alto cuanto más completo y rápido sea el cambio. Pero la gran victoria psicológica del fascismo es hacernos creer lo increíble: que un cabo austriaco bajito y moreno es el líder militar de la superior raza alemana, que la muchedumbre se organiza espontáneamente según patrones geométricos, que el compatriota Oppenheimer (por ejemplo) ha conspirado contra la patria, su patria, o que mi vida exige el exterminio de millones de personas porque, señores, el mañana me pertenece. Forzar el pensamiento es un mecanismo básico de la ideología fascista. No trata de resolver las contradicciones entre lo que debería ser y lo que en realidad es, ni siquiera de asumirlas – solución cotidiana – sino de suprimirlas por decreto-ley. Para ello necesitamos silenciar el sentido común y acallar nuestra conciencia; a la coacción física se le suma el asombro ante la belleza. Cada uno de nuestros miembros, hasta ahora en suspenso, vibra con la voz del joven rubio. En el embeleso musical, el grupo sería (seríamos) capaces de admitir cualquier cosa y de hacer cualquier cosa. El fascismo invade el éxtasis privado y se apropia de él para que sea medio y fin público: este acto violento – ética, políticamente hablando – es lo que no hay que olvidar. Porque, ¿quién no ha sentido aquel éxtasis alguna vez? ¿Quién renuncia a él? Cerramos los ojos y nos convertimos en una fuerza natural. La voluntad se reintegra con honores en el orden del mundo: teoría y práctica se reconcilian apasionadamente y nosotros, yo, sólo vemos y sentimos música y oímos la perfección del universo. El mañana nos pertenece.

Algo de ese poderío siento yo en los últimos minutos de sprint. Un paso más, una bocanada más de aire. Me alienta, ya lo he dicho, el anhelo de un cuerpo ágil y delicado, y la moral para superar mi debilidad por los dulces. Sí, yo también creo entonces que mi cuerpo vencerá sus propias apetencias, que el esfuerzo de treinta minutos corriendo satisfará mis instintos, que ese dolor en el costado se transformará en placer cuando, entregada, bata mi propia marca (un segundo más, una baldosa más) y tenga que parar. Durante unos segundos, es así; luego me costará respirar y tendré agujetas en los gemelos, pero habré conquistado unos segundos de inmortalidad. ¿Acaso voy a rechazar el éxtasis de los sentidos?

jueves, 30 de diciembre de 2010

Joyitas del año

En la línea de la última entrada, unos amigos y yo decidimos recapitular musicalmente los últimos doce meses y elaborar una lista con las diez mejores canciones de este año. Luego pensé que podría ser una bonita manera de cerrar el año 2010 en el blog y celebrar, al mismo tiempo, nuestro primer aniversario. Sólo hay un problema... Y es que, para mi vergüenza, no he escuchado más que un par de discos publicados en 2010. Ya me conocéis. Hacer un ranking sería obviamente injusto. Así que, sintiéndolo mucho, mi top será retro y sentimental: he aquí 10 (heterogéneas) canciones que he descubierto de enero a esta parte y que, por motivos diversos, evocan este primer año de ContraCubierta.

10. I Want to Be Free - Elvis Presley (1957)
Me topé con ella de pura casualidad a lo largo de junio. Si no me falla la memoria, aparece en la película Jailhouse Rock. Igual que Elvis, quisimos tan libres como el pájaro en el árbol, y la melodía ingenua nos consoló por los torpes exámenes. El verano estaba cerca.

9. Romeo y Julieta - P. I. Tchaikowsky (1880)
Tengo que incluir alguna pieza de música clásica, y es ésta la que vengo escuchando los últimos días. Romanticismo destilado, en estado puro. Para Tchaikowsky, homosexual en la Rusia del s. XIX, el amor no podía terminar bien; afortunados nosotros que podemos sentir sólo la belleza de los violines...

8. Nobody's Fault But Mine - Led Zeppelin (1994)
Otra adquisición reciente. Gracias a que oí la versión de Blind Willie Nelson, considerablemente menos épica, di con ésta grabada en 1994 (si me he documentado mal, corregidme). Bueno, ya lo he dicho. Épica. No sé cómo Led Zeppelin consigue ese grandioso desgarro en tantas canciones y tras tantas escuchas.

7. Sabroso - Compay Segundo
Estando en Alemania me di cuenta de que en el iPod guardaba un CD entero de salsa cubana. Ahíta de barroco y luteranismo, salía a correr por un parque con Compay Segundo y Celia Cruz a todo volumen, y a cada zancada me imaginaba estar bailando en alguna noche española...

6. This Is England - The Clash (1985)
Sonó muchas veces, como preparación espiritual para el viaje a Edimburgo. Porque Escocia no sólo tiene ovejas, castillos, galletas; porque hay algo más que fantasmas dentro de las catedrales góticas; porque fuera de los muros de la Universidad hay un mundo. Frente a Edimburgo está Glasgow; frente a los eruditos, los mineros y desempleados de Thatcher; frente a los armónicos y populares Händel y McCartney, el punk.

5. Tatuaje - Concha Piquer (1941)
De pequeña, odiaba francamente a Concha Piquer. Su voz me parecía chillona, la música, insulsa; las letras, estúpidas. Con los años vino la aceptación. La copla, de tan traída y llevada ideología, me recuerda siempre unos días felices en Valencia: tengo que agradecerle a L. que me haya enseñado lo bonito que es cantar aquello de "era hermoso y rubio como la cerveza" mientras se sopesa la cantidad adecuada de comino que ha de llevar el hummus.

4. Cadillac Solitario - Loquillo y los Trogloditas (1983)
Toda fiesta en mi antiguo Colegio Mayor termina a las 6 de la mañana con esta canción. Aquellos que, para bien o para mal, aún andan despiertos a esas horas, se dejan sus restos de voz haciendo los coros al tiempo que, libres y ligeros como bacantes, se quitan la camiseta. Al final amanecemos todos exhaustos, jubilosos: una fiesta más, y nos creemos tan jóvenes como en la primera.

3. Inspiracion - Calexico (2008)
¿Serán las palabras en español? ¿El ritmo? ¿El título? La primera vez que la escuché, repetí más de ocho veces. Suena al árido Medio Oeste, tan filmado, a hombres y mujeres de coraje. La descubrí a principios de otoño, cuando el curso ha empezado y apenas se adivina cómo se va a desarrollar y uno quisiera que sucediera todo. La inspiración venga, quizá, para que así sea y sea lo mejor posible.

2. Sprawl II (Mountains Beyond Mountains) - The Arcade Fire (2010)
The Arcade Fire vinieron a Madrid el pasado 20 de noviembre. Estuve allí, y según pasan las semanas se intensifica la intuición de que fue uno de los mejores conciertos de mi vida. La voz al borde del sollozo de Win Butler, la voz etérea de Régine Chassagne, su danza: creímos volar más allá de las montañas. Aun hoy, sigo creyéndolo.

1. Time to Pretend - MGMT (2007)
Se diría que es típica, electrónica, frívola. De acuerdo. ¿Y qué? MGMT hace de la frivolidad virtud: somos jóvenes, es tiempo de juego y disimulo, disfrutemos de la vida y vayámonos a París. El fondo de la canción es tan amargo como el poema de Gil de Biedma. Sabemos que la vida va en serio... Pero finjamos que no. Es tan autoconsciente que (me atrevería a decir) superará el paso del tiempo; y si no, tampoco importa. Será tan efímera como nuestra propia juventud.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Agujeros negros

Aunque las grandes multinacionales se empeñan en iniciar sus Navidades el 15 de noviembre, las mías siempre comenzarán el 8 de diciembre. Cuando era yo pequeña aprovechaba el puente de la Constitución para montar el belén, y esta costumbre ha podido más que cualquier calendario publicitario o litúrgico, incluso ahora que no tengo belén y las reuniones familiares son más bien raras. Antes del 8 de diciembre, las Navidades quedan lejos; después, ya están aquí. Guardo este sentimiento como un recuerdo de infancia, supongo. Y ya sabemos que los recuerdos son especialmente considerados en estas fechas.
Sí, parece apropiado hacer memoria en Navidad. Ya sea por las largas tardes en casa al calor de una infusión, un libro o una charla, ya sea porque decimos que aquí acaba un año y aquí empieza otro, se nos invita a recapitular. Acepto encantada: mi obsesión por narrar se nutre más de la memoria que de la imaginación. Mediante la repetición del ritual navideño podemos señalar qué ha cambiado en los últimos meses, en los últimos dos, siete, once años, construyendo con estas diferencias un relato que aspira a coherente. El propio ritual evoluciona. Cada alteración es una muesca en la pistola: puede erigirse en símbolo del cambio particular en cada uno o desencadenar una historia entera.

Neighbourhood #1 (TUNNELS) - Arcade Fire

Como decía, en esta época se agolpan tales signos, pero - sobre todo para un carácter memorioso como el mío - la vida cotidiana está también llena de pequeñas magdalenas de Proust. Pasar por una calle, oír una canción - la música actúa como una verdadera sustancia psicoactiva - o una frase, pueden evocar sucesos y emociones olvidados; a veces, la reminiscencia es tan vívida creemos volver allí, a aquel momento. Sonrío ante el viejo chiste, me río con el amigo que ya no está, me conmueve otra vez su historia, recupero la alegría por la buena noticia o la ilusión de la adolescente enamorada: el mundo perdido se levanta ante mis ojos. Sin embargo, no todos los recuerdos son buenos. También siento de nuevo el sabor agrio de la ira y el amargor de la decepción, remordimientos por los errores cometidos, el dolor ante la ofensa o la más pura tristeza. Me veo, inesperadamente, en un mundo fatalista poblado por fantasmas. Fantasmas que yo creí haber borrado de mi mente y que se obsetinan en retomar conversaciones ya mantenidas. La distancia histórica apenas los hace más débiles, pero sí más incontrolables: de ahí la brutal desazón que provocan tanto el arrepentimiento como el rencor, emociones estériles que surgen contra acontecimientos ya pasados. Contar la historia es justificar la emoción buscando su fuente desaparecida, y por eso resulta un alivio y por eso resulta un alivio efímero. Lo que pasó, pasó, y ya no puede ser de otro modo. De hecho, cada vez menos.
Todo este asunto me causa una grave sensación de impotencia. No se puede esperar vencer a los fantasmas: al menos, no a corto plazo. Tienen el desagradable (y freudiano) hábito de tornarse más insidiosos cuanto más rechazados se sienten. Sin ser mi primera opción, he de considerar la resignación y el perdón a mí misma y a todos los demás. No hay una definición clara de qué es perdonar, y tampoco de su relación con el olvido. ¿Es más fácil perdonar una vez has olvidado? ¿Sería acaso un perdón en el sentido estricto del término? No lo sé, y no es el caso; aun concediendo que toda memoria es selectiva, la afición por el relato me lleva a recordar, y recordar con intensidad incluso lo que preferiría olvidar. Los fantasmas son sombras de aquello que nos callamos a nosotros mismos, pero los fantasmas están ahí y se hacen oír, ¿cómo voy a perdonarlos? Todo lo contrario: discuto con ellos. Los fantasmas pueden arrastrar y obviamente esto implica desatender el presente que, al contrario que los inmutables fantasmas, aún aceptaría mi modesta influencia. Viajamos en el espacio-tiempo de manera radical, aunque no por ello menos imaginaria. El viaje es absolutamente insostenible: o nos dejamos absorber, o retomamos el aquí y el ahora.

STARLIGHT - Muse

Ah, pero no se puede echar a los fantasmas, no se dejan. El pasado también lo hicimos nosotros y los recuerdos conforman nuestra identidad, lo ha dicho ya mucha gente. Quiero creer que existe un punto medio en el que se vive el presente sin renunciar a los recuerdos, la nostalgia, el rencor y el arrepentimiento permanecen difuminadas al fondo. Gocé y sufrí, claro; reconozco que no puedo deshacer aquello por lo que gocé o sufrí. Así me he reconciliado con los fantasmas. Acepto su presencia e ignoro sus voces, en un frágil equilibrio que, ojalá, sea semejante al perdón.

lunes, 24 de mayo de 2010

martes, 2 de febrero de 2010

Mi evangelio pop

Todos los años llega el día en el que rebuscas en la estantería o en el iPod y, sin mucha intención, eliges un disco de los Beatles. Siempre has sabido que eran buenos, que son buenos, pero, ¡psé!, como que los recordabas un poco sosos. Demasiado pop. Y es entonces cuando una canción, una que te había pasado desapercibida u otra cuyos acordes habías olvidado, te encaja. Surge de los auriculares y se enreda en tus pensamientos, en tus sueños, incluso dirías que la calle se mueve al ritmo de la música. La música se desliza de tal manera en la realidad que parece que es su causa, o su explicación, y entonces aprecias a los viejos John, George, Paul y Ringo como si fueran las personas más sabias del mundo.
Esta vez me ha tocado redescubrir All You Need Is Love. Reconozco que pertenece al grupo de las famosas, ésas que aparecen en el disco de números uno, y que eso le quita encanto. Para colmo, el título es tan relamido que es imposible citarlo sin superar cierto escrúpulo moral o excusarlo de alguna forma: eran los 60, los hippies, el marketing, lo que importa es la música...
A los diez años, cuando escuché la pieza por primera vez, el titulillo me pareció una soberana ridiculez, porque el amor, en la infancia, es una palabra sin significado. O bien lo disfrutas y es obvio, o bien te lo niegan y es irreal. Me quedé con las sorprendentes trompetas, tan ufanas con su proclama ética de amor universal. Años después, cuando llegaron la adolescencia y los chicos y el amor pasó a ser un concepto discutible y (sobre todo) un objeto de deseo, la canción se me antojaba una mala broma. El estribillo se repetía en mi cerebro con la obstinación de las verdades dolorosas, las trompetas representaban las risas de los amantes afortunados.
Por suerte, soy menos melodramática hoy que entonces, y ya no imagino conspiraciones detrás de una frase que, probablemente, se le ocurrió a alguien en un submarino (y no precisamente de guerra). La he cantado con amigos cambiando ciertas palabras por otras, la he puesto a todo volumen mientras me duchaba, en fin, la he sometido al mismo proceso de degradación que a toda la música que me gusta. Y, por fin, el otro día, se me ocurrió una idea que vengaba todos mis sufrimientos de quinceañera. ¿Y si lo que necesitas no es ser amado, sino amar? Amar en el sentido honesto del término, esto es, la experiencia de un sentimiento verdadero de generosidad y entrega, exige un grado de madurez que no todos tenemos. Es fácil confundir el amor con posesión o con necesidad, arrimándolo a metáforas económicas que empobrecen una emoción: al cargar el significado de "amor" en su elemento de apego a la segunda persona, despreciamos otros aspectos. Necesidad o posesión (aún más) remiten a una relación de poder. Y eso ya lo criticamos el otro día, así que no me voy a repetir. Necesidad y posesión son más sensaciones que sentimientos completos, y el amor... El amor merecería ir acompañado de la capacidad de conocer y perdonar. Necesitamos amar como superación de la mezquindad a la que nos vamos acostumbrando. Y eso se aprende, ¿o se recibe? ¿Qué dices tú, San Agustin?

miércoles, 13 de enero de 2010

i love rock'n'roll

¿Escuchar punk de los 80 es signo de inmadurez adolescente o es que, simplemente, han llegado los exámenes?

http://www.youtube.com/watch?v=M3T_xeoGES8

¡Feliz enero, estudiantes!